Más de un centenar de buques pesqueros se refugiaron frente a Puerto Madryn durante el último temporal y volvieron a poner en debate su convivencia con las ballenas francas. El biólogo Mariano Coscarella señaló que no existen estudios específicos que permitan determinar el impacto de esa concentración de embarcaciones sobre los animales, aunque advirtió que el ruido podría interferir en sus comunicaciones.

La presencia de más de 100 embarcaciones de la flota pesquera frente a Puerto Madryn, en plena temporada de ballena franca austral, volvió a poner bajo la lupa la convivencia entre la actividad marítima y los cetáceos que utilizan el Golfo Nuevo.

Los barcos ingresaron a la rada para resguardarse de un temporal, una situación que el biólogo marino e investigador del CESIMAR-CENPAT, Mariano Coscarella, definió como excepcional. Según explicó, estos episodios se producen cuando las condiciones meteorológicas impiden a los buques permanecer en el mar abierto y obligan a buscar refugio en aguas protegidas.

El punto que permanece abierto es el efecto que esa concentración de embarcaciones puede producir sobre las ballenas. Coscarella fue categórico al señalar que no existen estudios que hayan medido específicamente qué sucede con los animales cuando una cantidad importante de barcos permanece en la rada.

“No sabemos cómo enmascaran la comunicación de las ballenas y tampoco tenemos medido cuántos animales se alejan de la zona porque están los barcos”, explicó el investigador en declaraciones a El Chubut. La falta de información, agregó, está vinculada también con las dificultades de financiamiento para desarrollar monitoreos específicos.

La preocupación está centrada, en particular, en el ruido. Las ballenas utilizan el sonido para comunicarse y percibir su entorno, por lo que la actividad de los motores puede modificar el ambiente acústico en el que se desplazan. Sin embargo, Coscarella remarcó que hasta el momento no existen datos que permitan cuantificar ese efecto ni determinar si provoca cambios significativos en el comportamiento de los ejemplares.

La interacción entre ballenas y embarcaciones no es nueva en el Golfo Nuevo. Para reducir el riesgo de accidentes existe un esquema de navegación establecido por Prefectura Naval Argentina. Los buques que ingresan al golfo deben utilizar un corredor determinado, que evita las zonas donde habitualmente se concentra una mayor cantidad de ballenas. Además, la aproximación debe realizarse a una velocidad inferior a los 10 nudos.

Según Coscarella, estas medidas han permitido evitar inconvenientes importantes en los últimos años, particularmente colisiones entre barcos y ballenas. El especialista sostuvo que, mientras las reglas se respeten, ambas actividades pueden compartir el espacio marítimo.

La situación, no obstante, cambia cuando la cantidad de embarcaciones aumenta de manera extraordinaria. La ballena franca también utiliza sectores de la rada y de Bahía Nueva, por lo que una concentración de barcos podría llevar a algunos ejemplares a desplazarse hacia otras áreas del golfo.

Coscarella consideró probable que los animales se alejen de las zonas con mayor presencia de embarcaciones, aunque aclaró que esa respuesta tampoco está cuantificada científicamente.

Para el investigador, la discusión no debería plantearse como una elección entre la actividad pesquera y la conservación de las ballenas. Puerto Madryn concentra distintas actividades productivas y turísticas que utilizan el mismo espacio marítimo, por lo que el desafío consiste en establecer reglas de convivencia y generar información que permita evaluar sus consecuencias.

La diferencia, según el especialista, está en la frecuencia. Una concentración extraordinaria de barcos durante algunos días no puede equipararse con una presencia permanente durante toda la temporada de ballenas. “Si yo tuviese todos los días de la temporada de ballenas 100 barcos entrando y saliendo o estando en la rada, diría que sí es un problema”, planteó Coscarella.

Por ahora, la evidencia disponible no permite afirmar que la presencia de la flota esté provocando un impacto determinado sobre las ballenas francas del Golfo Nuevo. Pero tampoco permite establecer con precisión que ese impacto sea inexistente.

En ese punto se encuentra la principal deuda: medir qué ocurre cuando ballenas y barcos comparten el mismo espacio, cuánto influye el ruido sobre los animales y qué cambios de comportamiento genera una concentración excepcional de embarcaciones.

Mientras tanto, la convivencia continúa regulada por las normas de navegación y condicionada por una realidad que atraviesa a Puerto Madryn: el mismo golfo es escenario de la pesca, el turismo, la actividad portuaria y la presencia estacional de una de las especies emblemáticas de la Patagonia.

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